miércoles, enero 24, 2007

Imágenes

Lo primero que vio cuando se despertó fue el vaso de agua medio lleno al lado del reloj y casi por instinto, sin pensarlo, lo vació en su rostro. Llevó la mano derecha a la izquierda de su pecho para sentir los latidos de su corazón y dudó que allí se encontrara. Percibió la agitación y la desesperación que le había generado ese mal sueño y el frío que le corría por todo el cuerpo. Otra vez tuvo esa pesadilla, sin embargo no tenía con quién compartirla. Cuando estuvo más calmo, se levantó de la cama y comenzó con la rutina de los últimos diez años que lo llevaba todas las mañanas a su cubículo del décimo octavo piso de la avenida M.
En caída libre transcurren sus días desde que se separó de ella. Perdió el contacto con el mundo exterior y la falsa amistad de sus compañeros de trabajo. A sus espaldas escuchaba el murmullo hiriente por donde fuera que caminara en esa ciudad virtual. Ni siquiera iluminaba sus pasos la diminuta luz de una estrella.
Su carrera en la empresa comenzó cuando a través de un pariente lejano pudo ingresar como cadete para en pocos meses pasar a ser jefe del sector administrativo y luego fue vendedor, también gerente de ventas en casi un año. Su ascenso hasta gerente regional en latinoamérica fue meteórico y había sorprendido a muchos, generando odios y envidias. Solía almorzar con los ejecutivos más importantes de la empresa y los fin de semana iba a jugar al golf y a esquiar en las vacaciones de invierno. En pocos años pasó de ser una persona ignota y al borde del suicidio cada día, para convertirse en ese astro de las películas que siempre soñó ser. Fue en la fiesta de fin de año de la empresa que la conoció. Nunca la había visto, y sólo en otra vida lograría enamorar a una mujer tan bella, pensó en ese instante. Aún hoy cuando intenta recordar como pasó, no lo sabe. Pero su sonrisa lo hipnotizó, su mirada lo apartó de la realidad y el sonido de su voz le hizo perder el sentido auditivo, nada fuera de ella existía. Sólo recuerda que a la mañana siguiente se despertó en una cama que no era la suya y que aquella mujer que creyó haber soñado estaba ahora a su lado. Todo pasó muy rápido. Cuando llegó a la oficina, la gente le empezó a sonreír y a guiñarle el ojo incluso algunos se le acercaron para pedirle consejos sobre mujeres. Cuando no sabía que decir, usaba frases de canciones y citaba a algunos escritores sin revelar la fuente y aquellos que lo rodeaban demostraban su ignorancia creyéndolo autor de tanto palabrerío. Esa noche llegó a su casa y al revisar los bolsillos del traje, antes de llevarlo a la tintorería, encontró en el izquierdo interno un collar de plata y brillantes y en él colgaban unas letras: “Sofía”. Su vida cambió tan rápido como la ola se aleja de la orilla, se había convertido en una montaña rusa, el dinero le compró amigos y drogas y lujos y mujeres -de esas que sólo viven de noche- y una vida en exceso con un guión que no fue escrito para él.
Sofía lo amaba y se lo decía todas las noches, le recordaba que su felicidad eran esa cuatro paredes y un techo con libros y besos. Viajaron a París y a Manhattan. Caminaron por la Gran Muralla China y casi se ahogaron en las calles de Venecia. Pero fue Londres que lo cercó con Piratas e historias oscuras de asesinatos y prostitutas. Caminaron por la orilla del Tamesis y volvieron al hotel a las tres de la mañana. La policía derrumbó la puerta, anunció su presencia a gritos pelados y pisó los charcos de sangre; derribaron los muebles de la habitación, lo patearon en el piso, lo levantaron como si pesara menos que una pluma y lo arrojaron contra el espejo. Lo dejaron inconciente y lo esposaron. Desde ahí, todo son imágenes que corren por su mente a la velocidad de la luz. Volvió a Buenos Aires, tomó trescientas pastillas de distintos colores que encontró en la valija, y se desplomó sobre la cama.
Abrió los ojos, se tiró el vaso de agua en la cara, se golpeó la cabeza contra la mesita de luz, miró hacia todos los rincones de la habitación buscándola. Se restregó los ojos con la sábana y a su lado no había nadie, nunca había tenido compañía en su cama.

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